Iglesia y Comunicación

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La Iglesia y el desafío de las nuevas tecnologías de comunicación

 

El panorama comunicativo de hoy es más complejo que el intuido hace casi cincuenta años por los Padres conciliares, pero ellos abrieron el camino de la Iglesia para que el momento actual no nos encontrara impreparados. El Conclio Vaticano II fue la clave para impulsar una presencia viva de la Iglesia en el diálogo social, y sigue siendo orientación y guía para nosotros en el trabajo pastoral. Diría que el documento de Aparecida recoge de manera singular el espíritu del Vaticano II y lo expresa en categorías actuales y adecuadas al Continente, al llamar a la Iglesia a ponerse en estado de misión. Éste es nuestro objetivo: servir a la misión de la Iglesia, llamada a ser signo visible del Reino de Dios en la tierra. 

Hoy vemos cómo los medios de comunicación llamados “tradicionales” no desaparecen, sino que se suman a los nuevos, y todos se integran en un sistema más amplio que nos obliga a gestionar algo que podría englobar a todos los desafíos: la complejidad. No es tiempo de respuestas unilaterales o simplistas. Pero no hemos de temer, pues la Iglesia está habituada a adentrarse en nuevos paradigmas culturales. Lo ha hecho, no sin tensiones, dejándose conducir por el Espíritu Santo, durante sus dos milenios de historia y en todos los rincones de la geografía mundial. 

Señalaba en mi primera intervención que la Iglesia no parte de cero, sino que ve florecer numerosas y buenas iniciativas en este campo. Mi invitación a todas ellas es que no actúen solas, sino que tengan conciencia de que hoy es posible la colaboración y el trabajo en red, conservando cada entidad los propios carismas. La Iglesia debe actuar como un cuerpo bien articulado, que integra la diversidad de sus miembros. 

Veamos pues algunos de los desafíos que nos presenta este complejo sistema mediático, marcado por la multiplicidad, la brevedad y la portabilidad.

 

  1. La multiplicación de los espacios de encuentro: diálogo e interactividad
  2. La multiplicación de los lenguajes: del texto al videoclip
  3. La consecuente urgencia de una formación adecuada a todo nivel.
  4. Redefinir la financiación y sostenibilidad de los proyectos comunicativos
  5. Impulsar la capacidad de discernimiento en la información

 

Veamos pues algunos de los desafíos concretos que afrontamos.

 

  1. Multiplicación de los espacios de encuentro: diálogo e interactividad

Preocupa a algunos el riesgo de que la Iglesia pueda descuidar su labor presencial directa, la celebración de los sacramentos, la asistencia personal a los necesitados, etc., para lanzarse a los espacios cibernéticos que ahora la reclaman. Nada más lejano a la realidad. La Iglesia simplemente responde a la necesidad de cubrir, además de los primigenios espacios de encuentro, también los nuevos que se van abriendo como territorios de misión (cf. Benedicto XVI, Mensaje 2009). No debemos abandonar ninguno. Hemos de estar presentes allá donde las personas están y comparten la vida, física o virtualmente, para escucharlas, dialogar y ofrecer la Buena Nueva de Jesucristo de modo que se encuentren con Él de manera personal.

El desafío de la interactividad en los nuevos medios es de los más exigentes de nuestros días. Los sitios web eclesiales siguen siendo en su mayoría “vitrinas” unidireccionales, no por falta de capacidad tecnológica, sino por la escasez de personas, más aún cuando deben estar capacitadas para establecer un diálogo múltiple y tan absorbente como el que puede llegar a darse a través de Internet. Se necesitan agentes de pastoral que dediquen oración y horas a leer y discernir los mensajes con significado –sean o no favorables a la Iglesia y a la fe- de aquéllos que son frívolos y vacíos, para poder responder adecuadamente en cada caso. Interactividad significa diálogo, y diálogo significa tiempo y dedicación. A esto me refiero cuando invito a hacer una diakonia de la cultura digital. Un servicio dedicado y eficaz a las personas también en el espacio virtual.

 

  1. Multiplicación de los lenguajes.

Cuando decimos “nuevos medios” no estamos diciendo sólo tecnología. Estamos diciendo “lenguajes”. Los dispositivos electrónicos son extensiones comunicativo-culturales capaces de emitir en diversos códigos, del texto breve a la imagen y el sonido en unas formas muy lejanas a la lógica discursiva que marcó a la modernidad. Los sitios web ya no son depósitos de textos. La comunicación es poliédrica, multimedial, y cada medio tiene sus lenguajes. Eso nos exige inspirarnos en nuestras fuentes bíblicas -la historia breve, las parábolas, la narración, la imagen, la música- y estimular a los artistas de hoy (tantas veces jovencísimos) a expresar con formas y sonido actuales la experiencia inefable del encuentro con Dios, tal como han hecho innumerables artistas a lo largo de la historia, bajo los auspicios y con el apoyo de la Iglesia. (Encuentro de Benedicto XVI con los artistas).

 

  1. Urgencia de la formación

Queda de manifiesto ahora el por qué estamos empeñados en impulsar una verdadera ola de formación de agentes, a todos los niveles de la Iglesia, en comunicación y cultura digital. Si todos somos discípulos del Señor y misioneros de su Palabra, todos hemos de saber comunicarla. Recuerdo aquí a tantos sacerdotes y agentes de pastoral que, sin acceso a medios digitales, usan la tinta y el papel o la radio comunitaria para anunciar la palabra. Tanto ellos como los grandes portales y los entes de televisión eclesiales, todos necesitan personas capacitadas para optimizar sus esfuerzos y los recursos dedicados a la comunicación. Urgen sacerdotes, religiosos y religiosas, padres y madres de familia, maestros, catequistas, jóvenes y niños con formación comunicativa. Hoy es importante que la formación infantil incluya el aprender a participar en el diálogo social con cortesía, expresando el propio parecer en la búsqueda de la verdad, sin recurrir al insulto o la denigración del otro. La comunicación no puede ya ser un aspecto más de la pastoral de la Iglesia, sino debe atravesarla transversalmente.

 

  1. Redefinir la financiación y sostenibilidad de las iniciativas

En el contexto católico no son muchas las iniciativas de comunicación saludables económicamente. Este es otro gran desafío que afrontamos, empezando por aceptar que los medios católicos necesitan medios. Todos los miembros de la Iglesia hemos de colaborar para su sostenimiento. Hay diversos modelos de financiación, algunos más empresariales, otros por suscripción de abonados, otros de financiación mixta. Los modelos pueden ser aplicables en distintas circunstancias. Pero una sana gestión económica, transparente y escrupulosa en la rendición de cuentas, suele ser garantía de estabilidad y buen uso de los recursos obtenidos.

 

  1. Impulsar la capacidad de discernimiento en la información

Dado que se multiplican al infinito las fuentes de información, ésta puede llegar a volverse indigesta hasta la intoxicación. Por eso urgen criterios de selección y discernimiento que ayuden a los usuarios a tener una “dieta informativa” gestionable y sana, más aún en la referida al hecho religioso, tantas veces objeto de sesgo y parcialidad en los medios. Las claves de lectura ayudarán a una visión madura del creyente y a la creación de una opinión pública menos sujeta a manipulaciones o visiones de parte. No tengamos miedo al diálogo y 

Vamos adelante en ese camino, pero aún tenemos un enorme trecho por recorrer. Nos da paz la convicción de que es el Espíritu del Señor el protagonista de toda la misión eclesial, y Él nos guía y sostiene en nuestra labor comunicativa al servicio del Reino.

Publicado en Discorsi

Discurso inaugural de S.E.R. Mons. Claudio M. Celli

Mutirão de Comunicação da América Latina e Caribe

Porto Alegre, 3 de febrero 2010

 

Parte I - Contexto 

Estoy muy contento de estar con ustedes aquí en Porto Alegre, en este Mutirão para la Comunicación en América Latina y el Caribe, que ha requerido tanto esfuerzo y mucha dedicación por parte de los organizadores, más aún con el cambio de fechas que debieron afrontar y que significó una sobrecarga de trabajo. Gracias de corazón por hacerlo, además, con amor y eficacia.

El objetivo del Congreso es muy importante y delicado: impulsar una comunicación más justa, solidaria, pacífica. Una comunicación acorde, en síntesis, con el Plan de Dios en el mundo, que hemos de implementar siguiendo las líneas maestras de la misión continental trazadas por el magisterio de los Obispos en la Conferencia de Aparecida. 

Al contemplar nuestras sociedades desde un punto de vista socio-económico, detectamos grandes y complejos contrastes. Hay muchas potencialidades, avances tecnológicos y organizativos. Pero ¿cómo ignorar la enorme distancia entre ricos y pobres, incluso en nuestros países llamados cristianos? “En las zonas más pobres, algunos grupos gozan de un tipo de superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora. Se sigue produciendo el escándalo de las disparidades hirientes.”[1] La comunicación es un factor importante que puede contribuir a una mayor equidad o, por el contrario, perpetuar estructuras de injusticia y violencia, producto de ideologías y prejuicios que esclavizan al ser humano. La sociedad espera de los medios, grandes y pequeños, una actitud y un compromiso responsables y debe ser exigente en este sentido. 

Preguntaba el Papa Benedicto XVI en Aparecida: “¿Cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y la miseria?” Señalaba, a este propósito, que tanto el capitalismo como el marxismo prometieron encontrar el camino para la creación de estructuras justas y afirmaron que funcionarían por sí mismas. Sus promesas han demostrado ser falsas. Donde Dios está ausente –el Dios del rostro humano de Jesucristo- esos valores no se muestran con toda su fuerza.[2]

Por eso este encuentro puede ser ocasión también de realizar una autoevaluación sobre nuestro servicio y testimonio como comunicadores católicos hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, despojándonos de posibles preconceptos que sólo nos limitarían. Profundicemos en el hecho mismo de la comunicación, y no solamente a lo referido a los medios. 

Hoy asistimos a un sistema comunicativo fluido, complejo y poliédrico. Los blogs y las redes sociales son espacios de encuentro y difusión muy importantes. Son cada vez más los usuarios/productores de información, lo cual ha hecho crecer la participación popular en la dinámica comunicativa, pues incluso los medios de masas se hacen eco de los pequeños medios personales, como sucedió recientemente en Haití. Por eso urge la inclusión de los que han quedado fuera en este diálogo social, para que puedan expresarse libremente y también con responsabilidad como corresponde a todo usuario/productor. 

El mundo informativo de hoy es transversal, multimediático, inmediato, prácticamente incontrolable, en cierto modo efímero, y crea una nueva cultura que incide en la mentalidad contemporánea. Los nuevos medios también se están asumiendo en los contextos de la comunicación para el desarrollo, que integra la comunicación estratégica y organizativa como factor real que contribuye al progreso de las comunidades, pues ellas mismas se vuelven protagonistas de su propia transformación. Hay que impulsar estos procesos, en los que se inscriben también muchas radios comunitarias y locales, “para fortalecer las nuevas formas de participación en la política nacional e internacional que tienen lugar a través de las organizaciones de la sociedad civil[3]. Obviamente, “no basta progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo necesita ser auténtico e integral”, [4] y “Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre,”[5] , como nos recuerda el Papa en su última encíclica Caritas in veritate. 

El Documento de Aparecida describe la situación de manera muy aguda: “la eficacia de los procedimientos alcanzada mediante la información, no logra satisfacer el anhelo de dignidad inscrito en lo más profundo de la vocación humana. (…) La persona humana es, en su misma esencia, aquel lugar de la naturaleza donde converge la variedad de los significados en una única vocación de sentido” (n. 42). El mero hecho de que los medios de comunicación social multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas no garantiza la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. “Para alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural.”[6] Los comunicadores hemos de orientarnos al desarrollo integral de la persona y de la comunidad. ¡No perdamos de vista este objetivo!

 

Parte II – La Iglesia como cuerpo vivo en la sociedad-red 

El esfuerzo para crear vínculos de comunicación y fraternidad no puede dirigirse sólo hacia fuera de la Iglesia. Hemos de hacer examen de conciencia y ver si en nuestras comunidades vivimos los valores comunicativos que deseamos impulsar en el mundo. Estamos llamados a ser sal y luz, a promover una cultura de “respeto, de diálogo, de amistad”, que impulse mayor justicia, paz y solidaridad con la comunicación digital -como lo pidió el Papa en su 43ª mensaje para Jornada Mundial de las Comunicaciones-. La comunidad cristiana misma como Pueblo de Dios, en su integridad, tiene que ser ese espacio donde los valores del Reino se vivan con coherencia, de manera efectiva. Al menos hemos de mantener una constante tensión hacia esa coherencia vital. 

Nos hallamos en la llamada “sociedad-red”, ya que la tecnología digital de comunicación se estructura en forma de redes. Ello ha lanzado con mayor fuerza el concepto de “redes sociales” y la consideración de los grupos humanos como redes de nodos interconectados que se comunican entre sí. Pero a nosotros esta imagen de la red nos evoca otra mucho más profunda y vital: la Iglesia como cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo. San Pablo en su segunda carta a los Corintios, recuerda: “Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”. (2Cor 12, 4-21). Somos, pues, mucho más que una red. Somos un cuerpo vivo, animado por el Espíritu Santo, y ninguno de los miembros de la Iglesia debe estar excluido y olvidado. La comunicación es para la promoción de la comunión. Y hemos de expresarla y promoverla desde dentro de las comunidades mismas. La comunicación interna de nuestras comunidades es un aspecto que no podemos descuidar. Por eso el Santo Padre anima a los sacerdotes, en su Mensaje para la Jornada de las Comunicaciones de este año, a ser eficaces comunicadores y portadores de Cristo en la cultura digital.[7] 

La primera tarea que tenemos como discípulos del Señor, es lograr que el cuerpo esté bien comunicado; que no haya nodos sin conexión, pues cada uno tiene mucho que aportar y que recibir. Por eso es para nosotros una prioridad la de reducir la brecha digital incluso dentro mismo de la Iglesia, para poder hacerlo también fuera. Son innumerables las buenas prácticas que han abierto camino. Este Mutirão reúne a muchas instituciones que favorecen la inclusión digital y el trabajo en red, por las cuales damos gracias a Dios y tratamos de apoyarlas. El CELAM y nosotros hemos impulsado la Red Informática de la Iglesia en América Latina (RIIAL) y sus instituciones de servicios continentales. La RIIAL tiene como prioridad “llegar hasta los últimos”, allá donde haya comunidades aisladas y empobrecidas. Y no sólo dotar de tecnología, sino generar una auténtica cultura digital solidaria, orientada a la comunión. Otro proyecto creado por nuestro Pontificio Consejo con el CELAM, Signis, CAMECO y otras instituciones, es el portal Intermirifica.net, destinado a favorecer los vínculos de conocimiento mutuo entre las iniciativas católicas de comunicación. Es el primer directorio eclesial global on-line de iniciativas católicas de radio, televisión y producción audiovisual (www.intermirifa.net). En síntesis, vemos con especial interés los proyectos que expresan e impulsan la comunión en el interior de la Iglesia. 

La comunicación en América Latina cuenta con una potencialidad enorme que otros continentes no tienen. Pensemos por ejemplo en unos datos ilustrativos que emergen del directorio Intermirifica.net: sólo en Brasil hay más de 180 radios católicas; mientras que en todo el continente africano existen algo menos de 200. ¿Verdad que nos interpelan estos datos? 

Al mismo tiempo, no estamos destinados a agotar nuestra acción en la comunión interna. Como decía al principio, la Iglesia nace para comunicar a Jesucristo a toda criatura. Y a esa misión es a la que los Obispos en Aparecida han convocado al pueblo de Dios.

 

Parte III-  La diaconía de la cultura y el “patio de los gentiles” 

Para ser misioneros hemos de ser discípulos. Por eso, paradójicamente en la cultura de la comunicación, nuestra primera tarea es callar y escuchar. Contemplar en profundidad, primero que nada el Misterio divino, dedicando tiempo y espacio a estar con el Señor que es la Palabra de vida, a solas y en comunidad, para llenarnos de su amor y de su misericordia. La oración no es una huída del mundo. Muy por el contrario, el amor de Cristo es puro dinamismo, una fuerza que busca incansablemente al ser humano para que sea libre, y en el amor encuentre su plenitud y felicidad. Por eso la oración auténtica desemboca siempre en el servicio diligente. Sólo desde el silencio podemos sentir hondamente el palpitar del mundo, escuchar los gozos y las esperanzas, las fatigas y dolores de nuestros hermanos para comprenderlos y servirlos.

Los primeros cristianos, en una sociedad con algunas similitudes con la nuestra, no consideraron su anuncio misionero como una propaganda que debía servir para aumentar el propio grupo, sino como una necesidad intrínseca que derivaba de la naturaleza de su fe. El Dios en el que creían era el Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había mostrado en la historia de Israel y finalmente en su Hijo, dando así la respuesta que tenía en cuenta a todos y que, en su intimidad, todos los hombres esperan, era lo que todos buscaban. “Anunciaban a Aquél que las personas ignoran y sin embargo, conocen: el Ignoto-Conocido; Aquel que buscan, al que, en lo profundo, conocen y que, sin embargo, es el Ignoto y el Incognoscible.[8]. 

Y hemos de escuchar también a nuestros contemporáneos. La mayoría de las personas buscan puntos de apoyo en medio de lo fugaz, anhelan verdades perennes, no pocas veces aplicando sólo las fuerzas de su razón. Este camino no es equivocado si se recorre con sinceridad y humildad, pues conduce hasta la frontera del Misterio. Encontrar a Dios y dejarse encontrar por Él, es la vocación de toda persona; la Iglesia existe para facilitar ese encuentro. “También en el mundo digital se debe poner de manifiesto que la solicitud amorosa de Dios en Cristo por nosotros no es algo del pasado, ni el resultado de teorías eruditas, sino una realidad muy concreta y actual. La pastoral en el mundo digital debe mostrar a las personas de nuestro tiempo y a la humanidad desorientada de hoy que Dios está cerca; que en Cristo todos nos pertenecemos mutuamente. Ésta es una de las formas en que la Iglesia está llamada a ejercer una "diaconía de la cultura" en el "continente digital".”[9] 

Nuestra misión de comunicadores, “para que nuestros pueblos en Él tengan vida, es manifestar que en Jesús se encuentra el sentido, la fecundidad y la dignidad de la vida humana[10]. Claro que los medios eclesiales de comunicación en el contexto latinoamericano deben promover la justicia social y la solidaridad, pero ello no es en sí mismo suficiente. Con el Evangelio en las manos y en el corazón, hemos de continuar preparando los caminos que conducen a la Palabra de Dios, sin descuidar una atención particular a quien está en actitud de búsqueda. Más aún, procurando mantener viva esa búsqueda como primer paso de la evangelización.[11] ¡Qué desafío... pero qué gran valor y dignidad se confiere al ser humano en su lucha por un mundo mejor y más justo!

Así, hemos de que crear nuevos espacios de encuentro y de diálogo. El Santo Padre ha usado una expresión muy bella que nos ilustra la evangelización a las personas que están alejadas de la comunidad. “Así como el profeta Isaías llegó a imaginar una casa de oración para todos los pueblos, quizá sea posible imaginar que podamos abrir en la red un espacio - como el "patio de los gentiles" del Templo de Jerusalén - también a aquéllos para quienes Dios sigue siendo un desconocido.[12].

Este “patio de los gentiles” es un lugar acogedor donde escuchar y expresarse. La comunicación es ante todo un acto de amor, y un acto de servicio. Nuestra escucha debe desembocar en servicio a las personas según su propia cultura, a través de la comunicación. Si somos discípulos y misioneros, hemos de realizar esa diakonía de la cultura, por amor a nuestros contemporáneos. Cristo, que lava los pies a sus discípulos, es el icono de una comunicación que sirve.

¿Cómo? No sólo efectuando proyectos, sino con un estilo de realizarlos: con respeto, abiertos al diálogo y a la amistad. Un estilo que es en sí mismo ya anuncio y mensaje por su finura, su atención a los débiles, su capacidad de atravesar las barreras ideológicas y los prejuicios de cualquier signo y servir a la persona concreta. El icono de este estilo es el Diácono Felipe, que se acerca al carro del eunuco de la Reina Candace, camina con él, escuchando y compartiendo su búsqueda, y sube a su carro para comunicarle la Buena Nueva de manera personalizada, según su comprender y su cultura (Hch 8, 26-39). 

Realicemos nuestra comunicación con amor, con respeto, con apasionada esperanza en la acción del Espíritu Santo que toca los corazones. Respondiendo a la misión convocada por los Obispos de América Latina desde Aparecida, los comunicadores, ellos y ellas, han de ser activos operadores de paz y tejedores de redes a través de los medios, sean éstos pequeños, personales o de masas. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.” (Mt 5, 6-7).

 



[1] Benedicto XVI, Caritas in veritate, n. 22.

[2] Benedicto XVI, Inauguración de la Va. Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Aparecida, 13 mayo 2007.

[3] Benedicto XVI, Caritas in veritate. n. 24

[4] Ibid. n. 23.

[5] Ibid. n. 29

[6] Ibid. n. 73

[7] cf. Benedicto XVI, Mensaje para la 44ª. Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2010

[8] Benedicto XVI, Encuentro con el mundo de la cultura. París, 12 de septiembre 2008)

[9] Benedicto XVI, Mensaje para la 44ª. Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2010

[10] Documento de Aparecida n. 389.

[11] Benedicto XVI, Mensaje para la 44ª. Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2010

[12] Ibid.

Publicado en Discorsi





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